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Era una imagen peculiar, Aaron gustaba de observarla desde su ventana a cada evento semejante. Cuando aún era temprano, encontraba solamente un par de carruajes aparcados en frente de la puerta, en la fachada principal de su palacio. Bien, sólo eran eso, un par de carruajes. Más cercano al comienzo de la fiesta, ese par ya se habían multiplicado en varios, y más tarde en múltiples. Cuando eso llegaba al 'punto de fachada abarrotada', el espectáculo era de risa. O al menos así lo consideraba Aaron. Era increíble el espacio que necesitaba para alojar a los caballos y carruajes de todos sus invitados. Y ahí había otro punto interesante para el Lord. En secreto y con la característica sonrisita de burla, observaba con pasividad como cada uno de aquellos aristócratas o cercanos, competían entre ellos. ¡Por lo que fuera! Desde la hermosura y elegancia de cada uno de sus caballos, las trenzas que llevaban, el mozo que les atendía, al decorado o exquisitez de sus carruajes... Aaron no oía, pero podía adivinar por las facciones fruncidas, por los gesto, casi leyendo de los labios de esos honorables damas y caballeros, todos los cuchicheo que soltaban, los atributos que daban, el absurdo insulto que se guardaban en la lengua cuando algo les superaba... Oh, aquel distinguido vocabulario fino y cruel... Toda una exquisitez . Los ojos del joven se paseaban con diversión por todo aquel estampado de colorines, sobrecargado y ummm... ¡qué dolor de pupilas! ¡Señoritas, un poco de moderación, por favor! ¡Señores, esto es una fiesta, nada de pingüinos tristes y desolados! Dando la espalda a las ventanas, y dentro de los muros de su palacio, el castaño encontraba una gran diferencia en aquellos invitados suyos. La noche se abalanzaba sobre ellos, y las luces del castillo lo hacían brillar como la estrella polar, destacable en la cima de su montaña. Aaron seguía observando a todas las damas y a los caballeros, saludándoles con cortesía. Sabía, por haber experimentado ya en esos actos, que las primeras horas aquello sería una fiesta de máscaras tan normal y excelente como cualquier otra. Los aristócratas se cubrían sus rostros con las delicadas piezas, y se internaban en la extensa sala. Aún así, faltaba tiempo para que las máscaras ejercieran la función que debían; dejarles mostrar su verdadera cara. Ahora... por el momento, seguían siendo, damas y caballeros, intercambiando saludos, cortesía, charlando y bebiendo... La suave música sólo empezaba a incitarlos al baile. Todos lo comentaban. Los pequeños detalles que el Lord Clapton, el joven Lord Clapton había añadido a sus fiestas. Empezaban por comentar el extraño decorado; Aaron había jugado con las luces, disponiendo de forma sutil las velas y las antorchas, dando órdenes de apagar o encender velas y antorchas según la música. Enormes espejos y grandes ventanales resultaban complementarse extraordinariamente, dando más espacio del que había en aquella sala, y una sensación de fiesta indiscutible. Lucius aprovechaba esos espejos no solamente para la iluminación o por otros detalles decorativos, también le servían para localizar con rapidez a la gente que él necesitaba, y eso resultaba extremadamente cómodo y eficiente. Altos techos, se cernían sobre las cabezas de todos los presentes. Los ventanales daban a los aromáticos jardines, iluminados también a su vez, para dar la oportunidad de continuar la charla, o la seducción en algún de los bancos predispuestos al lado de las flores o las fuentes. Así, decía Aaron, se conservaba el romanticismo del momento, antes de que pasasen a la parte vulgar, irrefrenable, del acto, o lo también sutilmente dicho e ignorado; el coito. ¡Oh, pero no apresuremos las cosas, las manos bajo las faldas serían para después... un poco después! ¡La bebida! ¡Escojan a la carta! Primero, en agraciadas copas que reflectaban las luces, se servían las bebidas más ligeras en alcohol, junto a los pequeños aperitivos, depositados en las pequeñas mesitas redondas a lo lardo de toda la sala. El café humeante, el té y los dulces ya habían sido devorados con anterioridad a la hora predispuesta, en esas fiestas, no había más dulce que la cortesía inicial, y el colorido de los bailes. Cuando los aristócratas, amantes de beber, se encontraban ya más animados, Aaron ordenaba servir los licores más rebuscados de su colección. Adoraba oír los jadeos de sorpresa que soltaban al probarlos. Y quizá, de lo que más se enorgullecía el Lord, era de su orquesta; compuesta por instrumentos de viento, algunos bajos, violines, y el piano. Preciado instrumento que resultaba ser todo una muestra de encanto con su música. Incluso las melodías más desgastadas y conocidas, resultaban ser, a manos del mejor músico tocando el mejor instrumento, una obra de arte jamás imaginada. Era un deleite, que el joven sabía aprovechar. Esa noche había comenzado como tantas otras. Aaron se había apoyado sobre el ventanal de su ventana y había puesto la mirada sobre todas las personas que iban llegando, aparentemente observándoles con el mismo interés de siempre. Pero lejos estaba de ser 'como siempre'. Esa tarde, mientras los invitados iban llegando, la mirada de Aaron seguía perdida, ausente, hora tras hora. Y aquello que le hacía sonreír con distintivo toque de diversión era el pensamiento, el recuerdo, fresco y vivo de aquel bibliotecario inocente y apetitoso. Le daba vueltas y vueltas a lo mismo, llegando siempre a la misma discusión consigo mismo, y tras ello... la conclusión final; Fuertre latir de corazón, que no se debió a la simple lujuria. Y más y más y más... El pensamiento del porqué empezaba a gustarle. Tras ser avisado por el mayordomo, el castaño despegó su aliento de la ventana y fue a prepararse para recibir a sus invitados. El baño se prolongó más que habitualmente. Quizá a causa del 'incidente' con un joven y atractivo sirviente, que tuvo la amabilidad de ayudarle a 'lavarse'. Quizá, porqué a pesar de liberarse un poco de la tensión, la imagen del joven bibliotecario seguía revoloteando pro su cabeza, mordaz consuelo que bajaba hacia su entrepierna y encantador sentimiento agridulce en su garganta. Vestido con sus ropajes negros y sedosos, sus guantes desechados, y una cinta roja que recogía su pelo en una coleta. Aaron se miró al espejo; sonriéndose alegre. Solamente faltaba un detalle para completar su imagen, a conjunto con la fragancia que llevaba adherida a su cuerpo, la máscara. Pero había decidido esperar a que llegase abajo, en la sala de los acontecimientos de esa noche. Así tendría tiempo de hacer un poco de anfitrión antes de hacer como todos; desaparecer tras su máscara... y ser malvado. Aburrido; saludos, apretones de manos, besos en las mejillas, sonrisitas cómplices, halagos... Sorprendentemente insatisfactorio. Sus orbes buscaban, por toda la sala... a alguien. Y tenía la certeza de saber a quién. Hubo un momento en que suspiró dramáticamente, cerrando los ojos e imaginando la cohibida sonrisa del menor. Esa noche no había estrellas, y Aaron había perdido la oportunidad de pedirles que le llevaran al joven hacia sus brazos. Como dos buenos enamorados predestinados... Soltó una breve carcajada y se dijo que estaba desvariando, quizá tantas palabras amorosas le habían afectado. Tenía en la mano una copa de su mejor vino, cuando uno de sus criados le dijo que su máscara había llegado. Oh bien, quizá eso le alegrase la noche. Se dio la vuelta para agradecer a aquel quién la hubiera moldeado para él, bajo las pocas pero exactas exigencias que había dado. Y cuál fue su sorpresa...! Al lado del sirviente, -quién seguramente le había acompañado hasta ahí- se encontraba el creador de su máscara... Ironías del destino que también fuese el joven que había ocupado su mente. Aaron lo repasó de arriba a abajo, de nuevo. Y aunque bajo una distinta luz, el joven le pareció hermoso, más aún que la noche anterior. Su mirada centelló, y se sitió capaz de abalanzarse sobre él y devorarle ahí mismo, sin restricciones. -Qué... grata sorpresa. -Articuló al fin. Acercándose hacia el joven. -No esperaba que las estrellas me complacieran esta noche... -Aseguró, sonriéndole. A él y a nadie más que a él, con una sonrisa fuera de su repertorio, de esas encantadoras, enamoradas, bobas, seguras... como en los cuentos de hadas. -Concediéndome... -Continuó.- El placer de volver a verle. |